domingo, 15 de diciembre de 2013

AH, BUT I WAS SO MUCH OLDER THEN





Ah, but I was so much older then
I’m younger than that now
BOB DYLAN, My Back Pages


Cuando éramos muy jóvenes, hace trece o catorce años ya, nos vencía muy fácilmente la ansiedad. No éramos rival para ella. Nuestra premura a la hora de escribir se amortiguaba un tanto con la rapidez que tomábamos el auricular de nuestros teléfonos – algunos privilegiados ya contaban con móviles arcaicos y paganos – para invitar al otro a tomar un café y pasar la tarde desmenuzando nuestros versos. No nos valía con que el otro aceptara gustoso y se encomendara raudo a ese análisis, sino que nos quedábamos a su lado, nos pegábamos a su oreja y escudriñábamos cada uno de su gestos en busca de una aprobación, como si fuéramos jurado de cualquier oposición.
Cosas de churumbeles, por lo visto. Nos olíamos como lo hacen los perros para reconocerse. Si nos decían que todo estaba bien, dudábamos; y le advertíamos a nuestro analista de turno – al que prácticamente habíamos sacado de la siesta para darle unos versos sin apenas perfilar, inmaduros y espontáneos – que había fruncido el ceño en el verso octavo. Nos recomendaban, quizás, cambiar el ritmo en el acento, pasarlo de sexta a octava sílaba y mudar cierta palabra por otra.
Era un rápido escudo para no acabar a la gresca con el emocionado autor. Con el paso del tiempo y la reiteración de cafés y momentos de lectura obligada, uno iba adquiriendo tácticas propias, o adueñándose de otras, para salir lo mejor parado en momentos de tamaña delicadeza. Uno podría estar jugándose la amistad y, por tanto, la expulsión fulminante de la próxima publicación del enésimo fanzine de poesía, por un quíteme de aquí esas pajas o, mucho menos, quíteme de aquí esa jota tan sonora en mitad de un verso tan mudo y ahíto de silencio consternado.
Ya les digo, juegos de niños. Nos inventábamos los nombres más osados o más estrambóticos para nuestras publicaciones, que grapábamos a mano y llevábamos a las imprentas más baratas; y nos ardía el alma si se cometía alguna errata con nuestro nombre o el fulano de la izquierda tenía más versos que nosotros. Aprendíamos mucho del que siempre iba de culturista y citaba a gente que nos sonaba a trola como Erik Knudsen o Gustav Much-Petersen. Si les preguntabas quiénes eran aquellos mendas, les estabas dando la oportunidad para levantar su trono un par de decenas de metros más y estamparte desde él, coronado y todo, que qué hacía un mindundi como tú sin haber leído la obra capital de la poesía danesa del siglo XX y te dejaban como esterilla de playa después del paso de una eventual tormenta estival. Sí, aprendíamos también de los idiotas.
Jugábamos a ser Neruda o Alberti, pero si nos comparaban con ellos éramos capaces de lanzar cócteles molotov a la salud de la postmodernidad. Veíamos a nuestros profesores universitarios como arcaicos prosaicos, enclaustrados en su ignorancia, que nunca hablaban de los poetas del 50. Esa generación se fue convirtiendo en nuestro Evangelio apócrifo y a ellos siempre nos acercaba un poeta rayano a los 30, al que idolatrábamos porque había publicado en revistas universitarias y tenía un libro autografiado de alguno de los hermanos Goytisolo.
Éramos unos churumbeles, insisto. Pensábamos que la poesía era sólo eso: juntarnos en derredor de unas cervezas y unos cafés a intercambiar impresiones sobre escritores modernos y ver quién traía la rareza más vetusta de la biblioteca a modo de triunfo. Qué hermoso resulta, por tanto, que de aquellos sinsabores, desencuentros y desengaños salieran algunos aciertos y fuera consolidándose un grupo que, por encima de todas las desventuras que provocan las multitudinarias mafias existentes hoy en día en lo literario, ha subsistido en una hermosa amistad – así lo siento yo – y en unos cuantos libros perdurables de poemas.



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