miércoles, 11 de diciembre de 2013

HUELGA LA POESÍA


Oh, sí, la poesía. Esa vieja casamentera que todo lo que toca convierte en primavera (quizás por eso provoque tantas alergias al ponérnosla delante). Tan anticuada como las corbatas del gran Luis Aguilé. ¿Para qué sirve esta vieja alcahueta, sin nada nuevo que contarnos desde Machado o Neruda? ¿Para qué sirves, díscola disfunción del alma, que nos haces perder el tiempo, disuadiéndonos de arrimar el hombro por el bien de España? Sin cabida en la mayoría de hogares, presuntamente, tiene su día internacional y todo, que es como decir que la poesía es un viajante que llama a todas las puertas sin venderle un clavo a un martillo.
No la queremos de puertas para dentro, y muchos se muestran orgullosos de tal aberración, pero está cada día más viva. Puede incluso que nos sobreviva, como no nos espabilemos. Está tan fresca, cual merluza cantábrica, que cuatro o cinco sinvergüenzas le han echado un órdago para acabar con ella. Los mecenas de esta nueva cultura en la que nos vemos inmersos detestan todo lo que rezuma poesía porque odian la palabra. Quieren denostarla, desterrarla y enviar a sus mercenarios a borrárnosla del mapa de los pensamientos y de las certezas. Porque la palabra nace de ella, surge en ella. Surge para que podamos explicar las emociones.
Quieren robárnosla para que olvidemos que es omnipresente, es un dios. Porque la poesía – ahí fue donde nos engañaron – no es un endecasílabo ensortijado de Góngora o una celebración gitana de Lorca. La poesía está en todas partes, porque vive en nosotros. No hay que leerla para reconocerla. Basta con saludarla simplemente cuando se nos cruza por la calle. Cada uno la siente de manera diferente: en una terraza con risas, cervezas y amigos;  en el rostro dulcemente mortecino de la joven que se nos cruza; en la sonrisa de nuestra pareja; en un sol renaciente tras el arco iris; en los primeros pasos de nuestros hijos; en los ojos del otro al abrir un regalo e ir tirando lentamente del celofán; en la tinta fresca de este periódico.
Pero hay más: el mismo chándal del señor Maduro o la faja de la eterna Merkel podrían ser sonetos. El miedo parapetado tras una televisión de nuestro comedido Presidente, una décima. La insistencia terca y rancia de la alcaldía de Madrid por ser sede de unas Olimpiadas, una espinela. Esto también es poesía, porque hay metáforas detrás de ello. La poesía de la desvergüenza dice mucho de las intenciones de los Otros. De cómo quieren reconducirnos el futuro.

No tiene mejor arma el incauto para protegerse que la palabra. Por eso quieren desprendernos de ella, derribándonos poemas o quemándonos periódicos. Porque le tienen miedo y les duele que abusemos de ella, es necesario que aprendamos a utilizarla. Porque cómo les zahiere que aún tengamos el uso de la palabra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario