lunes, 30 de diciembre de 2013

NUEVOS CANTOS DE SIRENA



Recuerdo aquellos tiempos en los que yo era joven y el mundo viejo. Cuando ibas a recibir algún galardón en un certamen literario y aparecía el típico oportunista zalamero que te llenaba – o eso pretendía – la cabeza con cantos de sirena y te embellecía el capó del coche con sus mejores lubricantes. Te decía cosas como: tu obra ha sido la mejor, pero al final el jurado se ha decantado por un sesgo más clásico. O eso que aún sigue poniéndomela dura hoy: es que utilizas muchos tacos en tus poemas. Como si lo de “tus fluidos se licuan sobre mi espalda embalsamada de amor y deseo” no fuera un insulto también a principios del siglo XXI.
Con la crisis y la ausencia de subvenciones, pensaba que todos aquellos chacales habrían ido desapareciendo. Cuán equivocado estaba. Hoy soy mucho más viejo y el mundo prácticamente nuevo. Pero el concepto de lo rancio sobrevive, a pesar de la lluvia ácida. Y ahora todas aquellas garrapatas se han metido a editores. Vienen con sus mismos cantos de sirena y se meten en tu mensajería privada a buscarte las cosquillas para que prostituyas tu obra literaria. Por un módico precio, les da lo mismo que haya interés en ella o no. Por treinta monedas de oro ellos te consagran en su catálogo editorial en el nombre del Padre, del Hijo y del Sursum Corda.
Y lo hacen con la misma impunidad que antes. Sin ataduras en el alma ni encrucijadas en la moral. Hablando maravillas de la Generación del 27 porque en el instituto leyeron a Lorca, echando de menos la compleja obra de Garcilaso, escribiéndole trípticos homenajes en soneto a Miguel Hernández. Si hablas de “Gamoneda” entienden “Espronceda”. Si haces referencia a Corcobado, ellos se remontan a Carolina Coronado. Esos mismos, en un plis-plas, te montan una editorial por su exquisito amor por la palabra. Y se ponen manos a la obra. Te dicen que no has sigo galardonado en su certamen, pero que tu manuscrito sobresalía claramente y te animan a compartir los gastos editoriales al 50% con ellos para tu futuro libro. O te aseguran que no va a costarte nada la edición, siempre y cuando compres un determinado número de ejemplares de la exigua tirada, que suele rondar las tres cifras. Hablan con grandes sintagmas provocativos y lacerantes: de “la actual coyuntura del mercado”, de “la dificultad de las editoriales independientes”, de “los enfrentamientos con los grandes monopolios”, de “voluntad vocacional”, “de apuesta y alternativas”… Y se quedan tan panchos, porque son conscientes (por eso eligieron esa bucólica mierda de profesión en pleno siglo XXI) de que habrá inocentes que han conseguido que su ego literario sobreviviera a las bombas de Hiroshima y Nagasaki.
Estos nuevos editores rigen, en muchas ocasiones, las bridas de la Literatura. Son codiciosos. Quieren apoderarse del cotarro. Y se quejan de los que gobiernan el mundo con sus atrocidades. Sin apreciar que, cuando están despotricando contra su presidente alzado en una pantalla de plasma, están, en realidad, vociferando contra un espejo.
Por mí se pueden ir todos a “degustar las tiresiacas sensaciones del trasiego cotidiano por ese canal inmaculado y gratificante donde culminan todos los placeres impronunciables” [A ver si así voy corrigiéndome lo de los tacos]. Y les digo: para tres cochinos duros que tengo, yo los invierto en Ciencia.
En La Galla Ciencia.

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