sábado, 22 de noviembre de 2014

PRECIOSAS IMPRECISIONES




¿Qué busca uno cuando se busca en un poema? ¿Por qué estamos todo el día obsesionados con encontrarnos? ¿Pensamos que estamos perdidos? ¿Qué tipo de vida excavamos al esbozar un verso? ¿Lo que perdimos? ¿Lo que ya nunca podremos encontrar al regresar a ciertos senderos?

¿Qué es el poema para el poeta? ¿Tesoro o anhelo? ¿Hallazgo o búsqueda? ¿Y qué pasa cuando lo tenemos, al fin? ¿Somos más dichosos o acabamos desorientados?
¿Qué es entonces el papel? ¿Herencia o testamento?

Dentro de cuarenta años, es probable que siga teniendo las mismas imprecisiones. Las mismas hermosas imprecisiones.

viernes, 10 de octubre de 2014

EL JUEGO DE SER JULIO CORTÁZAR




Creo que todos los que hemos leído a Cortázar hemos querido ser alguna vez cronopio, aunque no supiéramos muy bien de qué se trataba exactamente. Hoy por hoy está mejor visto querer ser Gandalf o Bilbo que un cronopio, pero bien pensado el deseo expresado en voz alta suena igual de estúpido o naïve por crédulo. También creo que, en un momento dado, al subir más de un piso de escaleras o darle cuerda a un reloj nos hemos acordado de sus instrucciones para hacerlo. Todos hemos jugado a ser Julio Cortázar, incluso los que no lo saben o se lo han negado mil veces a sí mismo.

En esta realidad de ensaladilla rusa en la que vivimos, es mejor jugar a ser Paulo Coelho que Julio Cortázar, y por eso el mundo va como va, que ya no hay libro de autoayuda que pueda solucionarlo. Pero es que ya no sabemos ni jugar. Nos han comido la imaginación a la mayoría. Incluso a muchos escritores se la han comido, pero no es el tema a tratar aquí hoy, así que me enderezo y regreso al juego.




La obra de Cortázar, por poco que hayamos leído de ella, se queda en nosotros. Eso es lo que quiero decir. Si hay alguien que todavía no se haya acercado a él, que lo rehúse. Está a tiempo. Meterse en sus libros imagino que sería como ver un espectáculo de escapismo de Houdini a finales del XIX. No hay marcha atrás. Es un tatuaje en tu cerebro, como los poemas de César Vallejo o la prosa de Balzac y Flaubert.

Reconozco que yo prefiero su obra narrativa corta a sus novelas. Que soy más de “Carta a una señorita en París”, “Casa tomada”, “Continuidad de los parques”, “La autopista del Sur”, y obritas por el estilo. Que disfruté como un enano con “Último round” o “La vuelta al día en ochenta mundos”, esa forma de esponjar las palabras que años después encontré en Perec, esa lúdica literatura que hace que todo a tu alrededor sea mucho más fácil. 


Para mí, Cortázar es, además de todo eso, un verso latente. Me gusta su poesía. Y su forma de entender la poesía también. Como verso latente, atraviesa París conmigo cuando la visito. Tengo esa abrumadora sensación, tan reconfortante. Que no voy dando tumbos por la ciudad de la Maga solo con mi cámara y mis atribulados pensamientos, que se van mezclando entre un inexperto francés y un, cada vez más, caótico castellano. Que sigo los pasos del magistral Atget, pero que va de la mano el verso latente de Cortázar. Viene conmigo, me obliga a pararme en determinados lugares surgidos al azar. Tirando de la manga de mi camisa, enreda mi curiosidad y me hace entrar en portales abiertos y sutiles. 


Mi Cortázar es muy íntimo. Es una sílaba viva en mi cabeza. No el grandilocuente que quisieron vendernos y que aún nos venden los argentinos. No el inmortal. Me quedo con el Cortázar niño, el lúdico, el inseguro, el que necesita un manual de instrucciones para cualquier cosa. El sempiterno, el imperecedero.


domingo, 27 de julio de 2014

EL VERANO

El verano es la estación más corta. Casi todos lo conocemos por otro nombre más común: vacaciones. Se repite desde que le puso nombre Vivaldi y va perdiendo intensidad conforme envejeces. Como unas vacaciones.
Es esa época perfectamente reconocible: cuando lees lo que llega a tus manos de las librerías a las que nunca entrarías si llevaras zapatos en vez de chancletas y en las posturas más inverosímiles, rebozándote al compás del viento y la toalla escurridiza, en esas posiciones idiotas en las que ni loco leerías el resto del tiempo. No estarías dispuesto a repetir la correosa suerte de tragar arena o pelotazos de nivea de un desconocido por terminar lo que estás haciendo a menos que te pagaran una buena cantidad (siempre que se incluyera una cláusula que prohibiera su difusión por la red).
Con el paso del tiempo van difuminándose cada uno de ellos y es harto complicado recordarlos. Dejan de ser el verano que te dejó Marta, el verano que dejaste a Laura, el verano de la americana que se reía cuando pronunciabas su nombre y que al final olvidaste, el verano que te quedó lingüística y pasaste de presentarte hasta diciembre, el verano del coche de alquiler con unos amigos (tres, pero cuáles) recorriendo los paisajes de la Toscana, el verano de Dubrovnik improvisando una segunda luna de miel, el verano del Algarve siguiendo la ruta de la cataplana...

Hasta que llega un momento en el que te sorprendes porque recuerdas los veranos por los libros que leíste. Exclusivamente por eso. Has entrado en un proceso irreversible, y lo sabes. Pero no te amargues demasiado y reconócelo. Y entonces acudes a las estanterías donde están y los abres por cualquier página. El verano de Tucídides, el de Homero, el de Madame Bovary, el de Chéjov, el de Cortázar... Sabes que tus problemas de memoria te habrán advertido y aconsejado para que dejaras en ellos algún recordatorio (una entrada ajada a la Alhambra, un tique de un concierto de la última y definitiva gira de Paco de Lucía, un papelito de un parking, una cuenta de un restaurante, etcétera). Así sabrás, cuando vuelvas a ellos otro verano futuro, dónde estuviste o qué hiciste en la ciudad abandonada ese verano de marras que solo se salvará porque durante él leíste tal o cuál libro.

viernes, 6 de junio de 2014

SEÑORA, LEA POESÍA PARA BOLLERAS


Ahí estaba yo, trasteando a las tantas por las redes sociales, cuando veo que una editorial a la que le tengo mucho aprecio a pesar de los pesares se congratulaba porque una de sus tuteladas iba a asistir este mes a Eslovenia como voz de la poesía lesbiana europea.* Cada una de ellas traducirá textos de las otras poetas a su lengua original. Se dice expresamente que todas son lesbianas.
Llamadme gilipollas, pero estas etiquetas me revientan sobremanera. Así no hay manera de que la gente se acerque a la poesía. Clasificar la poesía del creador por la sexualidad de su autor debe de ser una de las cinco cosas más estúpidas que un lector pueda hacer. Mucho peor que comprarse una novela por una crítica del Qué leer, no quepa la menor duda.
En mi humilde opinión (sí, en mi carcamal opinión, quise decir), creo que la poesía se divide en dos grandes categorías: “lo que sí es poesía” y “lo que de ninguna de las maneras lo es”. Todas las demás etiquetas son absurdas y anacrónicas. Veo que por aquí nadie recuerda la que se lió con la antología de “Las diosas blancas”, por citar de memoria. Si un homosexual se acerca a determinadas poéticas por lo que hace su creador en su intimidad – llámese Whitman, Lorca (sí, niños y niñas de la ESO, Federico era cool, digo gay), Cernuda (sí, niños y niñas, este también, el poeta que una vez nos recomendó Aznar**) o tantísimos otros – es como para mirárselo en un centro de salud.
¿Qué pasaría si yo dijera que hay que leer a Maram Al Masri, Yolanda Castaño o Lila Azam por lo guapas que son? Si, como amantes de la poesía, adoctrinamos de tal guisa, nos queda poco para desaparecer de la faz de la tierra.
P.d. Este escrito ha sido confeccionado mientras el autor escuchaba la discografía completa del maestro Tijeritas.

            * http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2014/06/05/539053f222601d977a8b4574.html

sábado, 24 de mayo de 2014

SI FUERA...

-         -¡Hola, buenas noches!
-         -¡Muy buenas!
-         -¡Está usted en el programa de Raffaela! ¿Quiere jugar al “Si fuera”?
-         -¡Por supuesto, por supuesto!
-         -¡Bien, háganos su pregunta! Recuerde que estamos buscando un concepto “femenino”…
-         -De acuerdo. ¿Si fuera una canción de Raffaela Carrá…?
-         -Oh, molto dificile questa interrogazione… ¡Sería “Explota mi corazón”! Sí, yo creo que sería esa…
-         -¡Ya lo tengo! ¡LA POESÍA!
-         -¡Nooooooooooooooo! ¡Cuánto lo siento…! ¡Muchas gracias! ¡Siguiente llamada!

martes, 29 de abril de 2014

PLATERO Y LOS POETAS

A este paso, la celebración del día internacional de la poesía, coincidente por algún mentepensante bucólico con la floración y la entrada de la primavera y las alergias, tendrán que protagonizarla políticos y acólitos representativos, más preocupados – vaya a saber usted por qué - por el centenario de “Platero y yo” que por lo que está sucediéndonos. Porque poetas, lo que se dice poetas, van a quedar los justitos.
No digo ya escritores de poesía. Ese es otro marasmo en el que habrá excedentes hasta dos o tres semanas después del día del Juicio Final. Hablo de los de verdad, de esos que uno busca en el salón de su casa, cuando está bajo el brasero de picón. De esos que uno alcanza con la mirada a través de las estanterías y que una vez que hemos posado la vista en el lomo de alguno de sus libros nos hace sentirnos más seguros. Como cuando crees que estás solo en casa en mitad de la madrugada y luego escuchas a los demás y te sientes más reconfortado y tranquilo. Algo así.
No quiero pensar que haya algún dios traicionero y vengativo como los de antaño empecinado en mandarnos las siete plagas de esta manera, quitándonos a los poetas de un plumazo y a la ligera, al trote. La desmesura es excesiva. Parece el inicio de una novela de Saramago, que suelen venir introducidas por un desajuste alarmante en los hábitos costumbristas de la sociedad.
Y, mientras tanto, mientras los poetas van cayendo como fichas de dominó, abocados a un abismo irreversible del que pocos versos van a poder regalarnos, mientras Europa se prepara para una nueva guerra de Crimea – tan acojonante como la de hace dos siglos, tan preocupante y significativa – nuestros representantes y sus acólitos se devanan los esfuerzos por celebrar el centenario de una de las obras menos representativas de la genialidad de su autor, según mi modesto entender. Una obra menor catapultada a hito de la literatura nacional. Quizás habría que analizar qué impacto causó a los políticos nacionales del hoy la lectura de “Platero y yo”: a lo mejor está ahí el quid de la cuestión de por qué nuestra crisis es diferente a la de los demás, hecha a medida de banqueros y empresarios y moliendo a palos al borriquillo de turno.
Dice mi casi hermano Juan de Dios García que la poesía ha sido humillada, marginada y maltratada. Como casi todo lo que suena a femenino en mi país, añadiría yo. No le falta razón, por mucho que la muerte de Leopoldo María Panero se haya convertido en trending topic. Lo cual tiene otra lectura que no sé cómo definirla: hay esperanza para la poesía, pero tendremos que matarla primero.

Celebrar como culmen de la poesía nacional el centenario de “Platero y yo” con alharacas es un buen comienzo para rematarla. Asesinada por el cielo, que diría Lorca. Ya solo faltaría que el maestro Pitingo se marcara un disco flamenqueando los mejores pasajes de la inmortal obra para asestarle la estocada final.

domingo, 6 de abril de 2014

EL TONTO DE TURNO QUE COMPRA POESÍA

En un corto espacio de tiempo he notado como poetas notorios y notables de nuestro panorama actual y nacional se quejaban amargamente en las redes sociales de lo poco que se compra poesía en este país. Tanto José María Cumbreño en su impagable función como editor de culto liliputiense como Isla Correyero o Manuel Vilas echaban pestes de los no lectores no compradores de poesía.
En este sentido, creo que hay dos tipos de lectores de poesía contemporánea: los que creen en ella y los que se aúpan en ella para que les sirva de trampolín a sus propósitos verdaderos. Casi todos sabemos distinguir a la legua a unos de otros. Y pobre del que no lo sepa hacer a tiempo, porque corre más peligro que una botella de bourbon en el maletero de KIT.
Escenas similares a la siguiente ya se vivían en los noventa, así que la desgana consumista de hoy de los lectores de poesía no puede achacarse en todos sus vértices a la crisis. El comodín del IVA cultural tampoco es válido, por mucha pose de pseudointelectual que nos dé hablar de él. Ahí están subiéndonos el alcohol y el tabaco cada dos por tres y nadie deja de adquirirlo, por muy bueno que sea hacerlo.
Imagino que le pondrán cara en un santiamén a alguno de estos personajes. En la escena, el tonto de turno le pregunta al conocido (a quien admira porque tiene tirón con las titis y publica en antologías y revistas de primera división):
TONTO DE TURNO: ¿Te has leído ya el libro de fulano? ¿Qué te ha parecido?
CONOCIDO: ¡Qué va! ¡Aún no se ha dignado a mandarme un ejemplar! [En ocasiones podrá añadir alguna patética intervención aclaratoria que revelará aún más su patetismo. Por ejemplo:] ¡A mí! ¡A mí, que le presenté al editor Zutano de Tal!
TONTO DE TURNO: ¿Y por qué no te lo has comprado?
CONOCIDO: ¡¿Comprármelo?! ¿Un libro de fulano? ¡Pero qué se ha creído ese, que va a pagarse la Universidad a mi costa o qué! ¡A ver! ¡Tú sí que estás tonto comprándotelo! ¡Para tirar el dinero se lo doy a Cáritas, leche!
TONTO DE TURNO: ¡Hombre, que digo yo que si no se lo compramos los amigos y conocidos, a ver de qué va a salir la cosa adelante!
CONOCIDO: ¿Tú has tenido el cuajo de comprarlo?
TONTO DE TURNO: ¡Pues claro!
CONOCIDO: ¡Ah…! Y no te importaría pasármelo, ¿verdad? Es que este mes voy cortísimo de pelas, ¿sabes?, y…


Más o menos ya sabemos cómo acaba la escena: lo más probable sea que el tonto de turno recupere su propio ejemplar del poemario adquiriéndolo de nuevo en una feria de ocasión o en una librería de lance, donde el conocido habrá ido a venderlo.  

miércoles, 5 de marzo de 2014

UN MINUTO DE SILENCIO

Hay poemas por los que, una vez leídos, sería conveniente guardar un minuto de silencio y, después, amortajados en un lienzo blanco, lanzarlos por el abismo de Helm mientras cientos de cornetas lamentan la pérdida de tiempo.

Mi consejo de hoy es que se abstengan de ellos (aunque sea yo quien los firme). (Bueno, sobre todo si soy yo el que los firma).

lunes, 17 de febrero de 2014

ROPA VIEJA

Sucede en los últimos tiempos, cuando me acerco a eso que un buen día mi apreciado profesor Francisco Javier Díez de Revenga denominó poesía de senectud. Presiento que hay excelentes poetas que, cuando comienzan a oler en su propio trasero la muerte, se dan excesiva celeridad en conglomerar sus versos a modo de testamento. No les importa repetirse ni exprimir una idea o un versículo para hacerlo marca registrada. Sin filtros, sin reciclajes, sin leer para dentro ni ser responsables de sus actos. Como si estuvieran metiendo ropa sucia en una bolsa de mercadona y fueran a llevarla a un centro social para dársela a los parias. 

De ser verdad, es una pena. Ellos mismos seguro que se indigestaron con los últimos libros de Mario Benedetti o Rafael Alberti, sin ir más lejos.
Pues no por moribunda, admirado poeta, tu palabra ha de ser ley. Ni tus últimos pensamientos, por más que las editoriales se los rifen, han de cambiarnos la vida si nos los presentas recogidos en un orinal. 

domingo, 2 de febrero de 2014

¿QUÉ FUE DE AQUEL GRUPO DE GILIS? [CODA Y ADENDA]




Fue un paisano, considerado poeta por muchos, el de aquella célebre intervención que habrá de acompañarme durante bastante tiempo. Hoy obviaré su nombre, porque a la mayoría ya no habrá de sonarle la referencia. Fue en la puerta de una biblioteca, a finales del siglo pasado. Languidecía un acto literario, un recital de poesía. El maestro Brines, si no me traiciona la memoria. Me dijo aquello de ¿Ah, pero tú también escribes? Yo creía que eras de esos gilipollas que sólo vienen por escuchar la poesía. Fue como un fogonazo para aquella joven promesa de la literatura murciana que yo era entonces. Descubrí así que eso de los actos literarios era para una tribu especializada de no sé qué secta. Que si eras, estabas. Y si no estabas, no eras. Que uno no podía ir a escuchar la palabra de los poetas sin más en una ciudad con tan pocos candidatos a ser la estrella del mes. 

Pero mire usted por dónde, querido paisano, los caprichos que tiene el devenir del tiempo. De aquellos jóvenes gilipollas que íbamos a esos actos por puro placer – no para hacer acto de presencia y dejarse ver – algunos, como es el caso de José Daniel Espejo, Juan de Dios García, Antonio Aguilar, Héctor Castilla o Cristina Morano han hecho de la poesía su casa. El maestro narrativo que todos teníamos en Murcia, Luis Leante, ha dado con sus huesos en Alfaguara. Y, quién lo iba a decir, la más pequeña y espigada de todos nosotros, Marta Zafrilla, ha devuelto la ilusión a los más jóvenes y está vendiendo ejemplares en USA. 

Y esto solo hasta 2007, cuando hablé de usted y nuestro incidente por primera vez. Ahora les acompañan Alberto Chessa, que rozó con la punta de los dedos el Adonais (imagino que usted lo habrá infravalorado alguna vez, ese premio, pues nunca fue joven); Miguel Ángel Hernández-Navarro, que va a ser traducido al francés con una de las mejores novelas del 2013 y fue incluido en una más que recomendable antología de microrrelato en Cátedra (junto a Manuel Moyano, considerado ya maestro del género); en Cátedra también está Diego Sánchez Aguilar prologando la poesía vertical de Roberto Juarroz; José Óscar López con su catálogo de monos insomnes nos demuestra lo que muchos sabíamos; Ginés Sánchez, al que recordaré siempre tímido y con sus hojas bajo el brazo, taciturno paseante entre las mesas y las sillas del Ítaca o el Zalacaín; y qué decir de Javier Moreno, que ha fotografiado el alma de nuestra generación con palabras y ha destruido con su 2020 el mito de Eurovegas.

Quizá se haya debido todo esto a que ese pequeño grupo de gilipollas iba a escuchar la voz de los poetas, a aprender de ellos, a regocijarse con el encuentro vital de la palabra. Y no como los que formaban ese otro selecto grupo que se posaban en primera fila para atosigar al invitado con ciertos manuscritos donde, por la fuerza de la razón, habrían de descubrir al nuevo emisario del perfecto endecasílabo.
Seguro que me olvido de alguno, y lo lamento. Pero lo bueno que tiene este post, querido paisano, es que continuará reciclándose. Porque el mundo seguirá llenándose, pese a quien le pese, de estos dulces gilipollas que nos hacen más hermosa la existencia. De los que aprendo diariamente.

Le recomiendo encarecidamente que usted también aprenda algo de ellos.