martes, 29 de abril de 2014

PLATERO Y LOS POETAS

A este paso, la celebración del día internacional de la poesía, coincidente por algún mentepensante bucólico con la floración y la entrada de la primavera y las alergias, tendrán que protagonizarla políticos y acólitos representativos, más preocupados – vaya a saber usted por qué - por el centenario de “Platero y yo” que por lo que está sucediéndonos. Porque poetas, lo que se dice poetas, van a quedar los justitos.
No digo ya escritores de poesía. Ese es otro marasmo en el que habrá excedentes hasta dos o tres semanas después del día del Juicio Final. Hablo de los de verdad, de esos que uno busca en el salón de su casa, cuando está bajo el brasero de picón. De esos que uno alcanza con la mirada a través de las estanterías y que una vez que hemos posado la vista en el lomo de alguno de sus libros nos hace sentirnos más seguros. Como cuando crees que estás solo en casa en mitad de la madrugada y luego escuchas a los demás y te sientes más reconfortado y tranquilo. Algo así.
No quiero pensar que haya algún dios traicionero y vengativo como los de antaño empecinado en mandarnos las siete plagas de esta manera, quitándonos a los poetas de un plumazo y a la ligera, al trote. La desmesura es excesiva. Parece el inicio de una novela de Saramago, que suelen venir introducidas por un desajuste alarmante en los hábitos costumbristas de la sociedad.
Y, mientras tanto, mientras los poetas van cayendo como fichas de dominó, abocados a un abismo irreversible del que pocos versos van a poder regalarnos, mientras Europa se prepara para una nueva guerra de Crimea – tan acojonante como la de hace dos siglos, tan preocupante y significativa – nuestros representantes y sus acólitos se devanan los esfuerzos por celebrar el centenario de una de las obras menos representativas de la genialidad de su autor, según mi modesto entender. Una obra menor catapultada a hito de la literatura nacional. Quizás habría que analizar qué impacto causó a los políticos nacionales del hoy la lectura de “Platero y yo”: a lo mejor está ahí el quid de la cuestión de por qué nuestra crisis es diferente a la de los demás, hecha a medida de banqueros y empresarios y moliendo a palos al borriquillo de turno.
Dice mi casi hermano Juan de Dios García que la poesía ha sido humillada, marginada y maltratada. Como casi todo lo que suena a femenino en mi país, añadiría yo. No le falta razón, por mucho que la muerte de Leopoldo María Panero se haya convertido en trending topic. Lo cual tiene otra lectura que no sé cómo definirla: hay esperanza para la poesía, pero tendremos que matarla primero.

Celebrar como culmen de la poesía nacional el centenario de “Platero y yo” con alharacas es un buen comienzo para rematarla. Asesinada por el cielo, que diría Lorca. Ya solo faltaría que el maestro Pitingo se marcara un disco flamenqueando los mejores pasajes de la inmortal obra para asestarle la estocada final.

domingo, 6 de abril de 2014

EL TONTO DE TURNO QUE COMPRA POESÍA

En un corto espacio de tiempo he notado como poetas notorios y notables de nuestro panorama actual y nacional se quejaban amargamente en las redes sociales de lo poco que se compra poesía en este país. Tanto José María Cumbreño en su impagable función como editor de culto liliputiense como Isla Correyero o Manuel Vilas echaban pestes de los no lectores no compradores de poesía.
En este sentido, creo que hay dos tipos de lectores de poesía contemporánea: los que creen en ella y los que se aúpan en ella para que les sirva de trampolín a sus propósitos verdaderos. Casi todos sabemos distinguir a la legua a unos de otros. Y pobre del que no lo sepa hacer a tiempo, porque corre más peligro que una botella de bourbon en el maletero de KIT.
Escenas similares a la siguiente ya se vivían en los noventa, así que la desgana consumista de hoy de los lectores de poesía no puede achacarse en todos sus vértices a la crisis. El comodín del IVA cultural tampoco es válido, por mucha pose de pseudointelectual que nos dé hablar de él. Ahí están subiéndonos el alcohol y el tabaco cada dos por tres y nadie deja de adquirirlo, por muy bueno que sea hacerlo.
Imagino que le pondrán cara en un santiamén a alguno de estos personajes. En la escena, el tonto de turno le pregunta al conocido (a quien admira porque tiene tirón con las titis y publica en antologías y revistas de primera división):
TONTO DE TURNO: ¿Te has leído ya el libro de fulano? ¿Qué te ha parecido?
CONOCIDO: ¡Qué va! ¡Aún no se ha dignado a mandarme un ejemplar! [En ocasiones podrá añadir alguna patética intervención aclaratoria que revelará aún más su patetismo. Por ejemplo:] ¡A mí! ¡A mí, que le presenté al editor Zutano de Tal!
TONTO DE TURNO: ¿Y por qué no te lo has comprado?
CONOCIDO: ¡¿Comprármelo?! ¿Un libro de fulano? ¡Pero qué se ha creído ese, que va a pagarse la Universidad a mi costa o qué! ¡A ver! ¡Tú sí que estás tonto comprándotelo! ¡Para tirar el dinero se lo doy a Cáritas, leche!
TONTO DE TURNO: ¡Hombre, que digo yo que si no se lo compramos los amigos y conocidos, a ver de qué va a salir la cosa adelante!
CONOCIDO: ¿Tú has tenido el cuajo de comprarlo?
TONTO DE TURNO: ¡Pues claro!
CONOCIDO: ¡Ah…! Y no te importaría pasármelo, ¿verdad? Es que este mes voy cortísimo de pelas, ¿sabes?, y…


Más o menos ya sabemos cómo acaba la escena: lo más probable sea que el tonto de turno recupere su propio ejemplar del poemario adquiriéndolo de nuevo en una feria de ocasión o en una librería de lance, donde el conocido habrá ido a venderlo.