domingo, 27 de julio de 2014

EL VERANO

El verano es la estación más corta. Casi todos lo conocemos por otro nombre más común: vacaciones. Se repite desde que le puso nombre Vivaldi y va perdiendo intensidad conforme envejeces. Como unas vacaciones.
Es esa época perfectamente reconocible: cuando lees lo que llega a tus manos de las librerías a las que nunca entrarías si llevaras zapatos en vez de chancletas y en las posturas más inverosímiles, rebozándote al compás del viento y la toalla escurridiza, en esas posiciones idiotas en las que ni loco leerías el resto del tiempo. No estarías dispuesto a repetir la correosa suerte de tragar arena o pelotazos de nivea de un desconocido por terminar lo que estás haciendo a menos que te pagaran una buena cantidad (siempre que se incluyera una cláusula que prohibiera su difusión por la red).
Con el paso del tiempo van difuminándose cada uno de ellos y es harto complicado recordarlos. Dejan de ser el verano que te dejó Marta, el verano que dejaste a Laura, el verano de la americana que se reía cuando pronunciabas su nombre y que al final olvidaste, el verano que te quedó lingüística y pasaste de presentarte hasta diciembre, el verano del coche de alquiler con unos amigos (tres, pero cuáles) recorriendo los paisajes de la Toscana, el verano de Dubrovnik improvisando una segunda luna de miel, el verano del Algarve siguiendo la ruta de la cataplana...

Hasta que llega un momento en el que te sorprendes porque recuerdas los veranos por los libros que leíste. Exclusivamente por eso. Has entrado en un proceso irreversible, y lo sabes. Pero no te amargues demasiado y reconócelo. Y entonces acudes a las estanterías donde están y los abres por cualquier página. El verano de Tucídides, el de Homero, el de Madame Bovary, el de Chéjov, el de Cortázar... Sabes que tus problemas de memoria te habrán advertido y aconsejado para que dejaras en ellos algún recordatorio (una entrada ajada a la Alhambra, un tique de un concierto de la última y definitiva gira de Paco de Lucía, un papelito de un parking, una cuenta de un restaurante, etcétera). Así sabrás, cuando vuelvas a ellos otro verano futuro, dónde estuviste o qué hiciste en la ciudad abandonada ese verano de marras que solo se salvará porque durante él leíste tal o cuál libro.

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