viernes, 10 de octubre de 2014

EL JUEGO DE SER JULIO CORTÁZAR




Creo que todos los que hemos leído a Cortázar hemos querido ser alguna vez cronopio, aunque no supiéramos muy bien de qué se trataba exactamente. Hoy por hoy está mejor visto querer ser Gandalf o Bilbo que un cronopio, pero bien pensado el deseo expresado en voz alta suena igual de estúpido o naïve por crédulo. También creo que, en un momento dado, al subir más de un piso de escaleras o darle cuerda a un reloj nos hemos acordado de sus instrucciones para hacerlo. Todos hemos jugado a ser Julio Cortázar, incluso los que no lo saben o se lo han negado mil veces a sí mismo.

En esta realidad de ensaladilla rusa en la que vivimos, es mejor jugar a ser Paulo Coelho que Julio Cortázar, y por eso el mundo va como va, que ya no hay libro de autoayuda que pueda solucionarlo. Pero es que ya no sabemos ni jugar. Nos han comido la imaginación a la mayoría. Incluso a muchos escritores se la han comido, pero no es el tema a tratar aquí hoy, así que me enderezo y regreso al juego.




La obra de Cortázar, por poco que hayamos leído de ella, se queda en nosotros. Eso es lo que quiero decir. Si hay alguien que todavía no se haya acercado a él, que lo rehúse. Está a tiempo. Meterse en sus libros imagino que sería como ver un espectáculo de escapismo de Houdini a finales del XIX. No hay marcha atrás. Es un tatuaje en tu cerebro, como los poemas de César Vallejo o la prosa de Balzac y Flaubert.

Reconozco que yo prefiero su obra narrativa corta a sus novelas. Que soy más de “Carta a una señorita en París”, “Casa tomada”, “Continuidad de los parques”, “La autopista del Sur”, y obritas por el estilo. Que disfruté como un enano con “Último round” o “La vuelta al día en ochenta mundos”, esa forma de esponjar las palabras que años después encontré en Perec, esa lúdica literatura que hace que todo a tu alrededor sea mucho más fácil. 


Para mí, Cortázar es, además de todo eso, un verso latente. Me gusta su poesía. Y su forma de entender la poesía también. Como verso latente, atraviesa París conmigo cuando la visito. Tengo esa abrumadora sensación, tan reconfortante. Que no voy dando tumbos por la ciudad de la Maga solo con mi cámara y mis atribulados pensamientos, que se van mezclando entre un inexperto francés y un, cada vez más, caótico castellano. Que sigo los pasos del magistral Atget, pero que va de la mano el verso latente de Cortázar. Viene conmigo, me obliga a pararme en determinados lugares surgidos al azar. Tirando de la manga de mi camisa, enreda mi curiosidad y me hace entrar en portales abiertos y sutiles. 


Mi Cortázar es muy íntimo. Es una sílaba viva en mi cabeza. No el grandilocuente que quisieron vendernos y que aún nos venden los argentinos. No el inmortal. Me quedo con el Cortázar niño, el lúdico, el inseguro, el que necesita un manual de instrucciones para cualquier cosa. El sempiterno, el imperecedero.