martes, 26 de mayo de 2015

AMOR DE CIUDAD MARTÍ





Si algo he de agradecerle - sobre todo lo demás que he de agradecerle - a mi profesor Vicente Cervera Salinas de sus cursos de Hispanoamericana en la Universidad de Murcia es el descubrimiento que me hizo de un poema tan sumamente bello como es el de Amor de Ciudad Grande, de José Martí, un poeta tumbado a la sombra de su leyenda y que, por lo tanto, no se lee lo suficiente (y donde se hace, no como se debiera). Pero no sólo el poema, escrito en 1882 en Nueva York, le agradeceré a Vicente, también que nos acercará la versión de Nacha Guevara, con la que en los últimos tiempos me estoy emocionando tanto, como hacía mucho. 

Creo que la lectura de ciertos libros me está trastornando el ánimo. El deleite y el gozo de acercarse a ellos es inmenso – Eloy Sánchez Rosillo, Pablo García Casado, Pilar Adón, José Emilio Pacheco, Nuno Judice, Mahmud Darwix, Nurit Kasztelan – pero el sendero embarrado que te dejan en el quehacer diario es espantosamente proporcional a la sensación de saber que donde ellos rasgan tú sólo aspiras a pasar el dedo.
 

Me permito dejar aquí a Martí y digan ustedes si no estoy en lo cierto.




AMOR DE CIUDAD GRANDE


De gorja son y rapidez los tiempos.
Corre cual luz la voz; en alta aguja,
Cual nave despeñada en sirte horrenda,
Húndese el rayo, y en ligera barca
El hombre, como alado, el aire hiende.
¡Así el amor, sin pompa ni misterio
Muere, apenas nacido, de saciado!
¡Jaula es la villa de palomas muertas
Y ávidos cazadores! Si los pechos
Se rompen de los hombres, y las carnes
Rotas por tierra ruedan, ¡no han de verse
Dentro más que frutillas estrujadas!

Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
De los salones y las plazas; muere
La flor el día en que nace. Aquella virgen
Trémula que antes a la muerte daba
La mano pura que a ignorado mozo;
El goce de temer; aquel salirse
Del pecho el corazón; el inefable
Placer de merecer; el grato susto
De caminar de prisa en derechura
Del hogar de la amada, y a sus puertas
Como un niño feliz romper en llanto;
Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,
Irse tiñendo de color las rosas,
Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tiene
Tiempo de ser hidalgo? Bien que sienta,
Cual áureo vaso o lienzo suntuoso,
Dama gentil en casa de magnate!
O si se tiene sed, se alarga el brazo
Y a la copa que pasa se la apura!
Luego, la copa turbia al polvo rueda,
¡Y el hábil catador, manchado el pecho
De una sangre invisible, sigue alegre,
Coronado de mirtos, su camino!
No son los cuerpos ya sino desechos,
Y fosas, y jirones! Y las almas
No son como en el árbol fruta rica
En cuya blanda piel la almíbar dulce
En su sazón de madurez rebosa,
Sino fruta de plaza que a brutales
Golpes el rudo labrador madura!

¡La edad es ésta de los labios secos!
De las noches sin sueño!  De la vida
Estrujada en agraz!  ¿Qué es lo que falta
Que la ventura falta?  Como liebre
Azorada, el espíritu se esconde,
Trémulo huyendo al cazador que ríe,
Cual en soto selvoso, en nuestro pecho;
Y el deseo, de brazo de la fiebre,
Cual rico cazador recorre el soto.

¡Me espanta la ciudad!  ¡Toda está llena
De copas por vaciar, o huecas copas!
¡Tengo miedo ¡ay de mí! de que este vino
Tósigo sea, y en mis venas luego
Cual duende vengador los dientes clave!
¡Tengo sed, mas de un vino que en la tierra
No se sabe beber!  ¡No he padecido
Bastante aún, para romper el muro
Que me aparta ¡oh dolor! de mi viñedo!
¡Tomad vosotros, catadores ruines
De vinillos humanos, esos vasos
Donde el jugo de lirio a grandes sorbos
Sin compasión y sin temor se bebe!
¡Tomad! ¡Yo soy honrado, y tengo miedo!




viernes, 15 de mayo de 2015

¡A LOS PARADOS LES DA POR CADA COSA!



Extraños tiempos estos donde hay huelgas de futbolistas y las encuestas dicen que muy muy muy lentamente avanza el número de lectores, debido a la gran cantidad de parados poblando las aceras y acodándose en los parques.

Estos datos han puesto en alerta a sindicatos, gobierno y patronal, activando la urgencia por lograr un pacto social que dejara insatisfechos a todos, pero claramente necesario. Según el estudio anual, los jóvenes españoles, que ha de ser una de las franjas de edad con más paro actualmente, se están equiparando a la media europea, rozando el ochenta por ciento. Se dice, se cuenta, que algunos jóvenes ya no aprenden cómo han de manejarse en la primera cita con las páginas habituales de porno, sino con los libros de E. L. James y sus sucedáneos. La parte negativa del asunto es que amenazan con volver a sacar la colección de La sonrisa vertical. Tiemblan hasta algunos de sus autores.



Hay que darse prisa. Un real decreto a la voz de ya. Esto no puede continuar por estos derroteros. Imagínense una sociedad letrada, docta y en paro. Gentes en los parques dándole de comer a las palomas y recitando los versos de Ángel González o Luis Alberto de Cuenca, decenas de personas en las colas del INEM leyendo en su idioma original a Petrarca, Proust o Milton, muchedumbre reunida alrededor de una lectura de Félix Grande o Antonio Gamoneda, para emocionarse con el Blanco Spirituals o el Libro del Frío; una multitud congregada en torno a una pieza del ingobernable  Darío Fo, todo un auditorio de parados escuchando las milongas del comunista Saramago o las batallitas del reportero de guerra Pérez Reverte y haciéndose las inevitables preguntas que siempre las certeras palabras del portugués o del cartagenero suscitan.
Ya me veo a las fuerzas del orden echando agua a esa masa enloquecida con pancartas, abogando por más bibliotecas públicas y menos Plan G, cuyo único lema sería los tres primeros versos de la famosa y siempre necesaria Canción a las Ruinas de Itálica de Rodrigo Caro, ésos que dicen: Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / Campos de soledad, mustio collado, / Fueron un tiempo Itálica famosa.

¿Qué sería de nosotros si los parados de este país en vez de llorar sus penas con la chica de la última página del As o con las ayudas arbitrales sucumbieran ante los encantos de la palabrería mágica de Paul Auster o Javier Marías o a las aventuras que hacen pensar en utopías de Jonathan Swift o los universos homéricos?

Una sociedad en paro e interesada por la información y el conocimiento no es algo bueno. Es el preámbulo del caos, el desorden y la revolución.
Quien ha leído libros lo sabe.  



viernes, 8 de mayo de 2015

EN TIERRAS DE PORTUGAL




En tierras de Portugal, atravesando la N18 camino de Castelo Branco para tomar el desvío hacia la A23 (ahora de pago; ahora los caminos son de pago, incluso los que usted dibujó) por la región alta de un Alentejo desconocido para casi todos, incluso para los que duermen en esa zona fronteriza extremeña que llaman La Raya (al fin y al cabo, una frontera es una raya bien dibujada en un mapa, pero también es una cicatriz que escuece diariamente, eso usted lo sabe bien), en este aniversario de la muerte (de los cientos que se le prodigarán si seguimos por este camino) de aquel no deseado, de aquél al que imagino que usted no habrá terminado de perdonar todavía; en este contexto tan de cuento de Rulfo o de película de Almodóvar, el azar ha querido que tomara un cedé sin nombres ni etiquetas que contenía  a Serrat cantando a dúo con aquel que solía residir en el número siete de la Calle Melancolía




Estaba el artefacto pasando frío, escondido en la guantera, y me ha conducido hasta usted. Observando esos nubarrones últimos de noviembre, amenazantes, y oliendo a chubasco, le he visto, don Antonio, agazapado, en Collioure, girando por enésima vez la cabeza, buscando España con el anhelo de un niño el día de Navidad. Y he esnifado como el más cruel de los pegamentos toda la tristeza que empañaba entonces sus ojos, que también ha cegado los míos. Y he de confesarle que, si bien un día de los de instituto y mochila cargada de libros detesté su monotonía tan lenta y tan soriana de la lluvia tras los cristales, ese momento tan íntimo, tan suyo habrá de acompañarme hasta el resto de mis días.

Y habrá de acompañarme, como usted bien dejó dicho, golpe a golpe, verso a verso, con este ruido de fondo sutil de la lluvia y el paso acelerado de los limpiaparabrisas que poco o nada entienden de poesía y, sin embargo, cuánta monotonía transportan en sus gomas. Y habrá de acompañarme como la sucia rabia que me retuerce por dentro contra los indignos que le dejaron así, tan maltrecho.