martes, 16 de junio de 2015

UNA DESPEDIDA QUE NO LO ES



En estos últimos diez años he aprendido a escribir muchas despedidas. Dicen quienes las leen que cada vez lo hago mejor, despedirme. Quizás sea porque la ciudad que actualmente resido es la octava localidad por la que paso y dejo unos años de mi vida, y he ido despidiéndome por el camino de mucha gente, de los que actualmente desconozco todo y sólo quedan de ellos vagos recuerdos, momentos especiales y se desdibujan sus caras, o se entremezclan y le pongo frases a unos que son de otros y hago travesuras con gentes que nunca fueron traviesos.

En ésta que hoy escribo, que es una despedida sin serlo, también hay música en mis auriculares, un grupo que me tiene fascinado últimamente de nombre excéntrico y poco ortodoxo, y que me reservo. Y hablo de perros, porque tengo de fondo el llanto de uno de ellos, el de mi vecina del bajobe, que piensa que el patio de luces es caninamente suyo. No es el mismo inquilino que educadamente deposita sus heces en la piscina de nuestra comunidad, lo que es de un mal gusto sorprendente incluso para un perro, sobre todo si tenemos en cuenta que nuestra piscina, como también les expliqué con anterioridad, está en la azotea del edificio y, por lo tanto, hay que ascender para la deposición, lo que es raro hasta para un cánido, no me digan. En mi personalísima investigación y particularísima deducción posterior llegué a la conclusión de que el cánido de muelle flojo había sido víctima de un ataque y temía por su vida. Conocedor el cánido de toda la filmografía de Wes Craven, optó por recorrer el mismo tránsito que sus musas. Como Sandra Cassell, Leslie Hoffman o Neve Campbell subió los peldaños que subían a la salvación de tres en tres y, en lo alto, viendo cómo la ciudad silente y dormida nada podía hacer por rescatarle de las fauces de la muerte, el pánico lo enroscó entres sus fauces cual mórbida anaconda, abriéndole los canales del esfínter como a los pasajeros de un aeropuerto en cuanto pisan tierra.

Las despedidas implican en el 99% de los casos un viaje. Puede ser éste físico, espacial o mental, pero siempre se hablará antes, durante y después del viaje que provocó la despedida. He aprendido con los años y el ostracismo extremeño que cada vez me resulta más difícil despedirme, y les prometo que estoy habituado a ello. 



Y he aprendido que se organizan timbas de póquer en los contenedores de basura, y que por eso pesan tanto a partir de la medianoche. Que la soledad es la mejor aliada de la locura y que no sólo somos como los cánidos que suben a las azoteas a defecar, sino que somos también licenciados Vidriera, cada vez más opacos. Que puedes llamar a las tantas a los telechinos para que te traigan tabaco y alcohol si dices la palabra clave del día. Que la palabra ya no es milagro, sino moneda de cambio de los mercaderes del primetime, que abren cajas de seguridad donde guardar las miserias humanas y sacarlas a la luz para subir las audiencias. Que, en contra de lo que toda una generación había creído, Matrix no estaba evolucionando y que daba igual qué pastilla eligiera Neo. Que en algunas geometrías suburbanas la música es un casus belli y sirve como excusa para lanzar piedras contra las fuerzas del orden para salir de la monotonía. Que el mundo que vemos en directo y el mundo en directo que nos ofrecen nunca es el mismo.
Y, sobre todo, he aprendido que las despedidas no han de hacerse bajo los efectos de la anestesia y que cargar con ellas cuesta demasiado, tanto como las maletas que adornan la escena y que representan símbolos de alguna pérdida siempre. Porque nunca sabes si le estás dando el último adiós a alguien amado, nunca sabes si no has dicho demasiadas pocas cosas. Nunca sabes nada. Sólo que particularmente ya he vivido muchas, y cada vez son más amargas.

Las despedidas son la certidumbre de lo ignoto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario