miércoles, 3 de febrero de 2016

LA REALIDAD SOCIAL Y SUS EVENTOS


LA REALIDAD SOCIAL Y SUS EVENTOS


Creas el evento. Al final te salen unos 350 invitados. 343 exactamente. Mola. Te ríes. Piensas “como les dé por venir a todos no sé qué va a pasar, menos mal que”. Y eso que solo has incluido a los de la localidad en cuestión y alrededores. “Esto es como cuando se hace cocido, mejor que sobre, indiscutible”.

A las 48 horas de comenzar el acto, hay unas 50 personas que tal vez asistan y algo más de la mitad que han confirmado su presencia caigan chuzos de punta, a pesar de que algunos tendrían que coger un avión para llegar a tiempo. De ellos, tu chica, tus hermanas y los presentadores. Bien. Eres optimista. También hay una ristra hermosa y cándida de excusas. “Tengo yoga”. “Mañana madrugo, me levanto a las 9”. “Cómo me gustaría acompañarte en este día tan importante, pero”. O, una de mis favoritas, “Jo, cuánto lo siento, a esa hora me pillas en una reunión de escalera”. El que vive a 20kms de las últimas cinco presentaciones que has hecho tampoco puede esta vez, lo lamenta inmenso, te desea mucha suerte y reitera que arde en deseos de leer el libro, como en las cuatro ocasiones anteriores (o lo que es lo mismo, por quinta vez te pide que se lo mandes vía “by the face” y sin ofrecerse a pagar, al menos, los gastos de envío).

No hay nada como convocar un acto literario para que el país funcione como Dios manda. Al final, te enteras, olé los cojones de tu ignorancia, de que la selección juega un amistoso con Andorra y que en La Norteña está el 2x1 esa tarde en bocadillos y jarras de cerveza.
El día del evento, unas 30 personas. Algunos te dirán que es una pena que haya fallado zutano y sus acólitos porque ese mismo día ha aparecido de la nada una conferencia-recital sobre la cría de la oca siberiana. Otros que es un llenazo, que cuando fue lo de la famosa Imelda Zeta apenas la mitad. Palmaditas en la espalda y que cómo mola el de Indiana Jones. Aparece el típico que ha llegado tarde casi 20 minutos y te confiesa por lo bajini que con las prisas se ha dejado la cartera y que lleva lo suelto justo para un botellín y que tiene un disgustazo en el cuerpo de tres pares de narices. Le sigue el que te vacila con lo de que él se espera a ver la película cuando salga, que piensas “porque no tengo un Kalashnikov a mano, que, si no, ni la Belucci abierta de piernas te libraba de que hiciera una de Tarantino en tu puta cara”.





Regresas a casa. Haces resumen. Has vendido 3 ejemplares. Quitas gastos: vino de salutación al optimista y panchitos, gasolina, libros de compromiso que has dado a los críticos de la reseña de 140 caracteres en los periódicos locales y digitales de la zona, la noche en el hostal. Bueno, podría haber sido peor.

Luego te acuerdas de que alguien que te sigue de toda la vida y que nunca se ha comprado uno de tus libros te ha invitado a leer, “cuando quieras”, en la biblioteca de un pueblo perdido en los laberintos de tu provincia. Que cuando le preguntaste cuánto te pagarían te ha mirado como si le hubieras pedido el voto para la independencia de Cataluña.
Lees los mensajes que vienen tras las fotos. Todo el mundo señala el éxito de la velada, lo bien que estuviste. Tu pérdida de peso es también una alabanza común. Último comentario entrante a la foto de marras que ha compartido Ignacio Asensio: “¡Acho, tío, no sé cómo coño lo haces! ¡Qué bien vivís los poetas! ¡Como Dios!”. Le doy a responder a su comentario. Inserto “Sí. A su imagen y semejanza” y le pincho en “me gusta” a su comentario.

Si dices algo, eres el que siempre ve, ¡joder, ya!, el vaso medio vacío.

Crucificadme, que saldré ganando.